ub. la cruz del sur


Sobre el libro

 

Mujer mirando a hombre que limpia coche

Mujer en restaurante que no puede permitirse mira a hombre que limpia coche. Mujer de ojo izquierdo más grande, ojo que divaga y espía a través del cristal con ganas de lejos. Tres colegas a la mesa y uno de ellos le pide comprobar el punto de la carne. Anda, ve tú que entiendes. Nadie llega al globo de helio que se burla en el techo del restaurante.

Hombre que limpia coche limpia coche. Es tan caro que no le pertenece. Y se agacha junto al guardabarros con su trapo, y se estira de puntillas sobre el capó, y desaparece hasta la cintura mientras sacude los asientos. Muestra posturas sucesivas y también superpuestas, como esas fotos ágiles de Muybridge con atletas desnudos y caballos.

Mi abuelo fue cochero y después dueño de restaurante, ¿yo qué soy? Hombre que limpia coche mira a mujer en restaurante que no puede permitirse y le devuelve el escaparate. Una energía insolente resucita crustáceos y moluscos sobre el plato.

No se rompe cristal poco a poco. En su afuera no existe hueco, ranura, agujerito donde hincar herramienta última. Hay que romper cristal de pronto. O romperlo de la nada, como ese vaso que alguien golpeó pensando–pensando contra el fregadero y, minutos más tarde, pedacea sobre la mesa.

Lugares que se inventan de camino

Nos gustaba impulsarnos de la mano
y salpicarnos todo el eros de política.
Como en aquella foto movida y entusiasta
que nos hicieron saltando en multitud.
Solo después supimos adónde:
cada salto inventaba su lugar.
¿Y si rompemos esto –nos decíamos–
y luego lo volvemos dulcemente a construir?
Estábamos desnudos, estábamos furiosos
y queríamos llevarnos las sobras a casa.
Con el paso del tiempo
nuestros cuerpos detenidos
transparentaron el paisaje,
o nos caímos de la fotografía
por un agujero que nadie esperaba.
De lo que hicimos
queda el lugar, un aire eufórico
y algo hecho añicos que aún respira.
La historia cruje. Y la hostigamos.
Amor es una escala de violencia.

Mujer adentro

Estoy convencido de que se escribe siempre desde un lugar, aunque no se escriba en absoluto sobre él (una mujer toma impulso mirando la sombra que proyecta cada cuerpo que falta).

Creo además que un agujero es el destino turístico de toda posibilidad (una mujer salta con los brazos abiertos) e incluso diría que un poema sobre una piedra puede parecerse, en su forma de contestar, a un poema sobre el aborto. Una mujer hace puenting dentro del hombre sobre el que estoy escribiendo.

Abolirse

Se podría afirmar: yo soy mi cuerpo.

Sin embargo, si perdiera la pierna derecha en una batalla o huyendo de la batalla o más bien en un estúpido accidente doméstico, seguiría siendo yo.

También seguiría siéndolo si perdiera las dos piernas, o incluso todos mis miembros.

¿Cuánto cuerpo tendría que perder para dejar de ser yo?

Quizás una mínima parte de mí representaría al resto por sinécdoque. O quizás mis restos me convertirían en otra.

Cortarte las uñas te modifica existencialmente.

La institución

El fantasma de Carmen Conde se esnifa la raya de la excepción en el sótano de la Real Academia.

Hay rigor en los bancos polvorientos y creyentes que hacen cola frente al puchero del respeto a la palabra. ¿No cultivan las sectas cierto fervor profiláctico?

Dos esfinges con ciento veinte de pecho formulan su enigma de puertas afuera, donde una mujer que hace méritos abofetea a una anarquista y la abraza en nombre de la única revolución sin violencia.