Fragmenta

POR RAFAEL MORALES BARBA

Fragmenta, año II, número II, 2012

Con mucho gracejo, y frente a un mundo lírico cada vez más trascendente y excesivamente pretencioso a veces, llega la inteligente mirada de Erika Martínez en Color carne (2009). Desenvuelta, sutil, concisa y siempre clara, su poesía tiene la virtud de hablar del cielo abajo como salvación, desde cierta lectura de cierta Emily Dickinson. Y lo hace para emplearse en muchos vientos o invenciones: la poesía amorosa y del cuerpo, erótica e irónica, hasta el adentramiento y la estupefacción puntual sobre la propia imagen como yo o el comienzo de lo pensativo. Con algunos pesos en la mochila, como la crítica y denuncia de una sentimentalidad herida a veces, siempre sin gravosas neurastenias, junto a esas pequeñas desolaciones puntuales. Amarrada a una pulcra mirada nítida.

Tres secciones, Marionetas, Combustión y El bosque interior, traen ese mundo casi olvidado en favor de Hermes Trimegisto, de poderosa lanza lírica, como un moderno Aquiles. A veces de pesados bronces. Lo hace desde el origen, o esa mirada agradecida a las mujeres que la construyeron como sujeto (Genealogía), y con mucha inteligencia, ironía en el fondo, en Escritura. Hay pues una desnudez afectiva que está siempre en el origen de todo poema que quiera llegar a ser.  Y en fin,  con ello toda una perspectiva de la lucidez de una perversa polimorfa, que alivia con su desenvoltura la mirada hasta encontrar cómplices. Siempre sin pesadez, y con la sabiduría de no confundir poema con tratado. Intentando aliviar o animar al lector. Por esa carretera corren muchos caminos cultos leyendo la tradición española en los remedos del Beatus Ille (Beata Illa) o de Lope de Vega  (Cruces), donde se balancean los episodios de amor serio, dulce y risueño, con el intenso de Albada vertical. En fin, la lectora y poeta que, avisa en Inspiración, hace depender del enamorado, el poema. No en vano el poemario se titula acertada y sugerentemente, Color carne. No está nada mal como impulso, y salvo pequeña dureza rítmica cuando se descuida, lo hace muy bien esta lectura de las poéticas granadinas.

No todo es deseo en una poética donde la herida también canta desde los mismos pasajes inteligibles. Sucinta y enérgicamente, el escepticismo, el poco de consuelo como remedio, y una incierta melancolía, ocupan el espacio restante. El dolor por un sueño colectivo con fecha de caducidad. Pero mientras tanto hay una alegría de vivir y solicitar carne asombrada, dulce adrenalina como escudo. No existe la tierra firme, en efecto, el bosque interior va a la deriva y es dúctil, en efecto, sobre el eje de la nada. Así nos lo cuenta en su complejidad y claridad atenta a la imagen desnuda, propia y sugerente, esquiva como un rapto de libélula Erika Martínez. Que ha escrito este libro complejo, sin parecerlo por su falta de pedanterías en su alegría y seriedad. Léanlo porque no es fácil encontrar amenidad hija del oficio, falta de impostura, desnudez y gracia conjugadas, apetecibles.