Granada Hoy

POR RAFAEL ESPEJO

7 mayo 2009

No se puede ir más al grano. Porque es de agradecer que, en mitad de un panorama poético supercopado por hombres, o, en todo caso, regido por una sensibilidad más o menos masculina, en medio de ese paisaje planamente predecible, digo, asoma la granadina Erika Martínez para soplarnos aire nuevo a la cara mientras leemos sus poemas. No quiero decir que haya reinventado la poesía, hablo de méritos de este mundo: haber encontrado, al primer intento, una voz genuinamente propia.

Si admitimos que la primera lectura de un libro es la que nos transmite, por encima de estructuras y montajes, su verdadero sabor, la textura de su cuerpo (como la cata de un vino), yo noté, mientras lo leía, que me hablaba una mujer.

Que en el poema, la mujer no sólo era objeto sino sobre todo sujeto. Aquí se mira con ojos de mujer, se canta con voz de mujer, se vive el erotismo desde la mujer: “Al irme, detenerme: dar la vuelta,/ darle a tu puerta de golpe un abrazo./ (…) Levantarme esta tonta camiseta/ y acercarte el pezón desorientado”.

Poesía, entonces, desde el punto de vista de la mujer, sin vendas intelectuales, sin adornos culturalistas, sin prejuicios, sin convencionalismos. A mí me recuerda, en su exposición, a Inmaculada Mengíbar o Carilda Oliver Labra, o por momentos también a la mejor Gloria Fuertes: inclinación por un discurso exteriormente dinámico, liviano, casi inocente, naif incluso, y sin embargo turbado, portador de intimidades no siempre felices.

Son discursos las más de las veces apoyados en una rima que se antoja libre, sin un estricto corsé métrico, pero que no es, sin embargo, todo lo que late en el poema. Es decir: emplea palabras familiares y formas ágiles para reflexiones sumergidas que no lo son tanto.

Porque sería un producto facilón, un engañabobos, si la música no estuviese asistida por argumentaciones inesperadas, o inquietantemente surrealistas, o evasivamente fantásticas; es de esta manera que las melodías se ensanchan hacia adentro, convirtiendo al poema en algo mucho más completo, más complejo que una simple voluntad de canción.

Sin embargo Color carne es mucho más que los poemas de una nueva poeta. Tenemos aquí un libro sólido, inteligentemente construido, un libro que desarrolla un argumento global sumando los mensajes individuales de cada texto.

Así, sus tres partes vendrían a ser las tres piezas del puzzle del retrato de Erika; y de esa manera nos conducen desde su infancia y su primer erotismo (“Marionetas”), hasta su condición de ciudadana adulta (“Combustión”), para finalmente suspender el libro en una suerte de intimismo cósmico que es, a mi entender, lo mejor y más sorprendente del poemario (“El bosque interior”).

Erika se ha buscado y encontrado con sólo un libro. Y a nosotros, lectores, nos queda la sensación de haber asistido en directo a su proceso de maduración. Un reality book, podríamos decir entonces. Da igual si “Las ventanas se abren hacia adentro”, abiertas quedan.