El Confidencial

Por Marta Sanz

Erika Martínez nació en 1979. Es doctora en Filología y, hasta la fecha, ha publicado en Pre-Textos dos poemarios –Color carne y El falso techo- y un libro de aforismos –Lenguaraz–. Erika Martínez es una mujer joven que escribe una poesía excelente capaz de captar ciertas transformaciones de nuestro mundo.

El imaginario poético se renueva en la medida en que vivimos rodeados de nuevos objetos y nuevas necesidades: lo sublime deja de ser la tormenta eléctrica para dar paso a esas máquinas expendedoras de productos lácteos enriquecidos con fibra que hoy, para Erika, constituyen la auténtica imagen de la sublimidad. Las metáforas se renuevan y mariposas, nenúfares, los cómics de línea clara o el taxi que nos conduce hacia nuestro amor en El falso techo son “un móvil sobre una piedra”. Me gusta la poesía de Martínez porque no es una poesía obsesionada con la propia poesía. Las palabras no se miran incansablemente en el espejo. La palabra poética enfoca su ojo móvil, como las brujas de Macbeth, hacia la realidad.

En este poemario importa mucho lo que hay dentro de los cajones y los armarios. Por ende, también importa todo lo que no está. Lo que se queda fuera. Importa la intemperie y la posibilidad de una casa. Las habitaciones como cajas y las urnas donde depositamos nuestros objetos al pasar el escáner de los controles del aeropuerto. En definitiva, este poemario son cajas que se encierran una dentro de otra o una superposición limitada de techos falsos.

El falso techo

El adjetivo “limitada” es fundamental porque no creo que a Erika le preocupe la posibilidad mística del infinito ni la descomposición fúnebre de la mise en abyme. Los techos bajo los que se amparan estos poemas son más humildes e inmediatos: el techo de la casa, el del espacio del viaje aéreo, tal vez la cajita de regalo del amor entendido como dificultad de placer.

En “Placer ajeno” se habla de la gárrula felicidad de los vecinos. Los poemas son anti-sentimentales y algunos se concentran en imágenes oníricas, en premoniciones lingüísticamente muy controladas que pueden ser la expresión de un deseo no cumplido: en “Asiento de atrás” lo que no está es la posibilidad de una familia dentro de la lógica feliz y publicitaria de un vehículo con piloto, copiloto y criatura –fantasmagórica– en el asiento de atrás. Erika enfrenta a los lectores con insatisfacciones y dolores que tienen que ver con la asunción de necesidades subjetivas procedentes del espacio exterior. Del espacio exterior de los grandes almacenes. Nos enfrenta a la lógica publicitaria de nuestras pulsiones y sentimientos profundos.

En el tramo aeroportuario del libro –el aeropuerto es cada vez menos un “no lugar”–, la movilidad siempre es reducida. Depositamos nuestros objetos personales en una bandeja por nuestra seguridad. Martínez nos hace notar que, mientras volamos –probablemente cuando no volamos también–, somos “materia sumisa”. ¿A alguien le cabe alguna duda?

España y los hermosos proletarios de Pier Paolo Pasolini

La palabra España lleva mucho tiempo marginada de la poesía española y eso nos habla de un estado de la cultura. Sin embargo, los poemas que más me interesan de El falso techo son esos en que, a la manera de César Vallejo o de Blas de Otero, la autora se atreve a nombrar a España con sus tres sílabas. Erika escribe “España” y el posible patriotismo de sus versos se coloca justo en las antípodas de la España de Manolo Escobar, el toro, el clavel, el país condenado al sector servicios y la marca España.

En la realidad de España –no en sus proyecciones metafóricas– destaca la idea de demolición, la conciencia de que algo ha sido derribado o de que ha sido interrumpido un proceso de maduración que nos deja a todos “cojitos para toda la vida”. Como aquellos hombres que brotaban de la tierra y eran arrancados antes de tiempo por sus labradoras ávidas de amor. La escena corresponde a la gloriosa Amanece que no es poco de J.L. Cuerda.

No me resisto a reproducir el poema “Protección oficial” como ejemplo de la anterior interpretación: “Me subvencionaron hasta hacer de mí/ un producto ejemplar/ de la socialdemocracia,/tuétano de infancia con monjas,/ contestona sin decibelios,/ curiosa, voluntarista,/ mujer que asoma la cabeza,/ soy un monstruo”.

Otro texto que a mí me gusta mucho es “Habitación con vistas”. La poesía está recorrida por visiones de lo prosaico, palabras que señalizan, carteles de carga y descarga, términos grises y funcionariales que, desde el reverso del lenguaje, desde su zona desprestigiada y burocrática, construyen el significado del poema. Tal vez esa opción estilística tenga que ver con la conciencia de Erika Martínez de que “El capitalismo es un uniforme”. Con la indispensable presencia de Pasolini y sus hermosos proletarios.

La referencia cinematográfica me lleva al poema Turismo que asocio con la primera parte de la trilogía del cineasta austríaco Ulrich Seidl, Paraíso. Amor. El poema es excelente porque no se escribe desde esa mala conciencia cultural o de clase que pretende ser lavada a través de las palabras de la poesía. La conciencia de Turismo no pide el perdón por sus pecados, sino que habla de clase, raza, valor de uso y valor de cambio, precio y valor simbólico. Lo hace a través de una única imagen: una mujer consiente que otra mujer le pinte las uñas de los pies. La curiosa perspectiva femenina, las acciones frívolas que se llenan de sentidos trascendentes, merecerían capítulo aparte.

También el hecho de que en la explotación y en las humillaciones funcionen las jerarquías y exista un límite, siempre ampliable y muy elástico, de tolerancia.   

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