Presentación

Por Juan Andrés García Román

Granada, 1 de octubre de 2013

Este Falso techo es el tercer libro de poesía de Erika Martínez, el que sigue a Lenguaraz (2011) y ya más de lejos a Color carne (2009). Creo que toda la escritura de Erika es un intento de comprender esto que nos rodea a pesar de que afortunadamente (y eso es una señal de su calidad), después de leerla, uno tiene la sensación de entenderlo cada vez menos. Pero, tal vez, de vivirlo más. La poesía de Erika es política pero no tiene buenos ni malos y abriga una discrepancia de pareceres análoga a la cabida en la psique del individuo mismo. Se trata, si es que eso pudiera decirse, de una poesía social del yo o donde el yo no está desde luego libre de convertirse, de haber sido ya alguna vez o de ser simultáneamente el otro, el explotador, el tirano. Se diría que estamos ante el invento arquitectónico del genio maligno cartesiano, aquel que nos emplaza a la más perversa de las “falsedades”. Porque este falso techo no es ni del todo falso ni del todo techo, como diría alguno de los hermanos Argensola, ni es cielo ni es azul, en cambio la falsedad y el artificio aparente sí que son una condición sine qua non de la naturaleza humana. En la poesía de Erika Martínez las cosas no son lo que parecen, pero es que tampoco lo parecen por demasiado tiempo.

Si en Color Carne la portada misma era de un verde piel de extraterrestre, en El falso techo parece que el trampantojo está asumido en la arquitectura misma del edificio, sosteniéndolo. El título del libro obedece seguramente al miedo cotidiano y la extrañeza por esos lugares inaccesibles, aunque no invisibles, de la casa, espacios anexos y medianeros a los de nuestras habitaciones y en los que lo familiar e individual se entremezcla con lo colectivo y también y al mismo tiempo el yo se encuentra con su ello. Hablamos de los respiraderos, las tuberías, los patios comunales, los tendederos, los garajes, llenos de ratas y de hombres.

En uno de esos espacios, en el respiradero de una vivienda sucede el encuentro (soñado quizás) con un infrahombre que lo habita igual que un oso en una gruta. Si se me permite la comparación, no del todo  gratuita, creo que es también el caso de Gollum en El señor de los anillos, un ser que podría ser igual a nosotros pero al que sus bajos instintos han conducido no tanto a la extinción cuanto a una existencia degradada y simultánea a la nuestra. Nos encontramos en realidad muy cerca del oso de las tuberías de Cortázar o del tiro de caballos que el personaje del Médico rural de Kafka se encuentra de súbito bajo la escalera de su propia casa. Y curiosamente la reacción de este último al ver los caballos no es de extrañeza o de miedo sino casi festiva: “uno nunca sabe lo que tiene en su propia casa”, celebra, como si fuese una broma, una frase hecha en un estilo muy coloquial. Y esa sorpresa no traumática ni angustiada, aparentemente, es algo también común a este libro. 

Tal vez el falso techo de Erika Martínez se relacione en efecto con el trampantojo de un edificio barroco. El ojo ve en ese lugar una realidad simulada que esconde la verdadera realidad, un artificio colocado ahí para hacer bella la mera funcionalidad. Lo falso consiste en el esbozo de una naturalidad, cuando lo verdaderamente natural sería dejar las cosas tal y como están, sin artificios y sin esconder como algo de una ventana, de una conducción. Y es que desde el mismo título, la referencia a la falsedad está sujetando una muy precisa concepción de lo humano y lo natural-social.

Además, el nuevo libro de Erika es un libro en el que las historias ocupan un lugar importante. Se describen acontecimientos, encuentros, reflexiones que no son meros recuerdos o ensoñaciones de un yo fijo, sino que al contrario discuten y construyen ese yo. Poco a poco, ficción a ficción, como una buena cuentista, se van removiendo por sí solos los pilares de la realidad y los del propio yo que los mira. Sin embargo, esas estampas no se suman, no se superponen unas sobre las otras con el objeto de alzar un edificio narrativo, sino que, al contrario, escarban en busca de un principio de enunciación. De ahí precisamente su naturaleza lírica, derivada, bajo mi percepción, de una estrategia discursiva siempre en perpetuo conflicto o autoconflicto. Porque está claro que la poesía de Erika es también revolucionaria en ese plano, en su concepto de lirismo y de poesía, y con ello, de todas las entidades relacionadas con lo poético.

Hay un poema del libro, “Grifo que gotea”, que creo que pone de manifiesto esto mucho mejor que cualquier explicación mía. Lo que a mí me llama la atención de este poema es el tratamiento del tema del tiempo. En absoluto se está hablando del paso del tiempo o la muerte ni tampoco, pese al desamparo que produce la imagen o el sonido de un grifo goteando, se está denunciando ninguna penuria de orden físico. En cambio, yo creo ver en ese grifo que gotea una variación de un poema paisajista o de naturaleza. El agua llama al agua y el grifo se remonta al tatarabuelo de todos los grifos goteantes, una estalagmita que deshoja sus segundos puros y prehistóricos en un lago sin memoria, sin tiempo del de los hombres, tan lleno de nostalgia y de tedio, de promesa y de traición. Y es llamativo que ese tipo de tiempo mecánico y puro se presente como una utopía, igual que la poesía pura. Toda poesía es impura y todo acontecimiento es historia y está sujeto al único protagonista y villano de nuestras historias: el hombre, el hombre una y otra vez el hombre. Así es, en el seno de las cavernas calizas no habita ni un solo segundo de tiempo que no sea humano.

El poema hace las veces de moderno cantar de amigo en cuyo transcurso las ondas do mar de Vigo se encuentran domesticadas, aunque también podrían servirse en botella y venderse en un supermercado. Para colmo, el yo está casi completamente ausente, su marca aparece dos veces en el inicio (“Antes de ser mío / mi tiempo…”) para luego ir diluyéndose en ondas concéntricas de agua, hasta desaparecer en una exposición casi científica y en tercera persona: “No hay dos segundos iguales / durante la caída. / La memoria les pesa diferente”. La referencia a un yo bastante ausente o desconsolado se efectúa entonces a partir de un objeto que sin embargo ha sido fabricado por ese yo, que se halla circunscrito al universo del yo (en realidad al mundo y el ser arrojado en el sentido heideggeriano). El grifo está contenido en ese yo que le otorga realidad a todas las cosas y constituye la última onda concéntrica, una especie de firmamento humano que le otorga sentido. Sin embargo, ese mismo yo está desaparecido de la escena que él mismo generó y en la que el grifo, recordándolo, hace las veces de trovador melancólico y nihilista.

No será la última vez que lo natural se nos aparezca en el libro presa de lo histórico. El libro va ascendiendo como en ciudadelas interiores hasta en tres niveles de ese mismo techo que, como vemos, no es del todo falso. En el segundo de esos niveles, encontramos que la casa ha crecido hasta convertirse de repente en un aeropuerto. Y en el poema “Fondo de la ventana” nos encontramos con la fauna propia de un espacio aéreo, aves, que de nuevo vuelan dentro del alma humana: son los cernícalos que los ingenieros entrenan en las pistas de aterrizaje y que demuestran cómo la tan amada técnica está llena de imprecisiones y circunstancias azarosas. Aunque lógicamente lo que el libro hace no es decirnos eso, que ya sabemos, sino ejecutar una vuelta de tuerca más y devolvernos una cierta evocación natural trescientos sesenta grados más tarde, a partir de un paisaje degradado. Es en realidad como si el mismo Armagedón tuviera que engendrarse igualmente en la entraña o en la imaginación del homo sapiens. Volver, regresar. Es, también, como si la técnica pudiera emocionarnos igual que un primo lejano del que no esperábamos nada, ningún gesto familiar. Aunque tampoco es realmente así, no, la razón es mucho más profunda.

Ocurre en el poema “Carga y descarga”, uno de los más extensos y significativos del libro. En él se nos describe la tarea de los técnicos de equipaje, presentados, también ellos, como infrahombres o como quizás superhombres, eso no lo sabemos. En cualquier caso la distancia que los separa del yo, algo socarrón, se ha vuelto insalvable y parece que señalara a un pasado genético común que se desvaneciera a lo largo del proceso evolutivo. En cualquier caso, el poema describe una sociedad en cuyo seno la única igualdad posible es la del uniforme o mono de trabajo, mientras que la singularidad consiste en las injusticias de una economía global. En lo humano, está claro, apariencia y ser se cruzan e intercambian perpetuamente. Y para Erika (y creo que de nuevo no es banal traer a colación la Tierra Media de Tolkien) las diversas facetas humanas y clases sociales han ido adquiriendo tanta autonomía que hasta se han personalizado o animalizado en razas distintas, razas que sólo comparten el sórdido espacio de lo que un día fue la madre tierra y hoy es un aeropuerto o un centro comercial. Porque aún nos miramos, comparamos la extensión de nuestras extremidades y la cierta afinidad de nuestras sensibilidades, pero nos sabemos hijos de distintos padres históricos.

Es como si la modernidad hubiera tenido parentela pero finalmente mucha y muy heterogénea y los hijos de sus doce tribus estuviéramos condenados a no comprendernos nunca más. Y sin embargo, como el yo poético lo puede todo o casi todo y es capaz de hallar correspondencias en un cosmos en dispersión, también descubre humanidad en un técnico de equipaje, incluso aunque el ejemplar sea “de Zambia”, aunque sea “feo”, y “hermoso”, aunque se faje la cintura “como un luchador de sumo antes de salir al ring”. Tanta afinidad es capaz de hallar en él el yo poético que de nuevo riza el rizo encontrándolo más humano que nosotros mismos, porque en definitiva, ellos, los ejemplares de esta extraña raza, viven una vida en la que nosotros tan sólo hacemos turismo. Pero lo más osado del todo no es la relación de parentesco que la poeta encuentra entre el homo sapiens poeticus (lector o escritor o ciudadano) y el homo sapiens tecnicus de equipaje, sino la que descubre entre un hombre y una maleta, al percatarse de que la maleta es también más libre que nosotros, puesto que, al cabo, “las maletas no necesitan pasaportes, visados, asilo: tienen pegatinas”. Un régimen político y cultural el de las pegatinas más avanzado que el nuestro.

Y el viaje de la casa que se convertía en aeropuerto viene a concluir en un tercer techo, última estación del viaje, no sé si decir espiritual, del libro. Porque donde esperábamos una altura mayor, una suprarrealidad, nos encontramos con una cotidianidad nueva y revisitada. El último círculo concéntrico del libro es una suerte de renacimiento del yo y de sus contradicciones ahora asumidas. Los poemas más líricos y, diríamos más hermosos, convencionalmente hermosos, del libro aparecen ahora. Como si a estas alturas del trayecto sí fueran lícitos. Se produce algo así como un movimiento de parábola  cinematográfica, por el cual la naturalidad es de repente más fácil de asumir o de creer. Porque con menos trabas ideológicas que en las otras secciones, se nos habla en esta sección de la muerte, de la atracción erótica, del miedo. Sin ir más lejos, en el poema “Veo-veo” leemos: “Soy miope. Ahora veo”. Porque, en verdad, a estas alturas se ha comprendido que la condición humana es una enfermedad  que hay que pasar, igual que un grado de ascesis o una vía de perfección.

Y realmente y con esto concluyo, lo que a mí personalmente más me ha sorprendido de este libro es que sus moradas son de veras un tanto espirituales. Me atrevería incluso a decir que, con sus materiales perecederos, este libro nihilista se adelanta a muchos libros supuestamente espirituales o budistas que ha parido la poesía española. Que su feroz dialéctica es una herramienta sabia para comprender que en efecto todo está en todas las cosas y que buenos y malos no son sino cara y cruz de una misma, nunca mejor dicho, moneda.